Didier Eribon: de la injuria al orgullo

Referencia del seminario interno de docentes de la SCB con Serge Cottet, sobre el seminario La Ética del psicoanálisis, 9.3.2002

  • Publicado en NODVS II, abril de 2002

Paraules clau

discurso del amo, homosexuales, vergüenza - orgullo, dominación masculina, orden heterosexual, elección subjetiva, psicoanálisis

Didier Eribon, filósofo e historiador de las ideas, es uno de los más destacados representantes de los queer studies, estudios sobre la temática homosexual, en Francia y conferenciante sobre dichas cuestiones en EEUU. Autor de una biografía sobre Michel Foucault (1989), ha escrito también Michel Foucault et ses contemporaines (1994) y más recientemente Reflexiones sobre la cuestión gay (1999) y Une moral du minoritaire (2001) entre otras obras.

Leer los libros de Didier Eribon sobre temática gay plantea un problema ético: no sólo por sus encarnizadas e injustas críticas al psicoanálisis, a Freud y a Lacan, sino también porque tras haber leído algunas páginas de sus textos la reiteración machacona de lo mismo una y otra vez convierte el ejercicio más que en aburrido en insoportable. El problema és entonces saber en qué consiste ese insoportable y cuales son sus alternativas. Sólo con esta perspectiva pude leer unos cientos de páginas de Reflexiones sobre la cuestión gay y Une moral de minoritaire.

Si en Reflexiones sobre la cuestión gay D.Eribon ya plantea un inicio sorprendente, sin que a lo largo de la obra se aprecie el más mínimo intento de substraerse a él, en Une moral du minoritaire, tal punto de partida y de no salida es elevado a la categoría de moral para lo minoritario de la mano de Jean Genet.

Veamos el punto de partida:

“En el principio hay la injuria. La que cualquier gay puede oír en un momento u otro de su vida, y que es el signo de su vulnerabilidad psicológica y social.../...Una de las consecuencias de la injuria es moldear las relaciones con los demás y con el mundo. Y por tanto, perfilar la personalidad, la subjetividad, el ser mismo del individuo.

.../...El insulto me hace saber que soy una persona distinta de las demás, que no soy normal.

.../... El insulto es pues un veredicto.../... La “nominación” produce una toma de conciencia de uno mismo como “otro” que los demás transforman en “objeto”....1

Ahora el punto de llegada y a su vez de impás:

“Es precisamente esta búsqueda de la verdad explicativa la que prohíbe comprender, como Gide subrayaba ya en 1924 en el gran prejuicio de Lacan, mediante qué procesos son moldeadas y se moldean las subjetividades gays, producidas por la inferiorización social (la vergüenza) y reformuladas, con mayor o menor éxito y felicidad, por la práctica de sí y los procesos de subjetivación y resignificación que llevan a cabo los individuos (el orgullo). Vergüenza y orgullo son los afectos específicos de los individuos estigmatizados (y de los grupos a los que pertenecen) pero son afectos sociales”.2

Estas dos citas nos sitúan con bastante claridad con respecto a lo que podemos esperar de los textos de D.Eribon y, a su vez, nos orientan con respecto a la crítica al psicoanálisis que el autor va a llevar cabo.

Resumiendo muy brevemente las aproximadamente 80 páginas de su último texto dedicadas a criticar al psicoanálisis, podríamos encontrar la siguiente secuencia:

Tras dejar constancia de las esperanzas puestas por algunos homosexuales en los inicios de la teoría psicoanalítica y de la obra freudiana en cuanto a su potencial liberador y antiestigmatizador, D.Eribon constata la desilusión y amargura de muchos de ellos por el viraje que los textos freudianos van adquiriendo en sus manos y en las de sus discípulos

Ante dicha desilusión, se pregunta si el psicoanálisis es recuperable para la causa de la dignificación de los homosexuales, o si, por el contrario ese es el resultado que cabía esperar desde sus inicios. En todo caso advierte de entrada que si se puede producir algún cambio en la perspectiva homofóbica del psicoanálisis, vendrá por la vía de algún retorno a Freud que consista en lo contrario de “la gesta retrógrada iniciada por Lacan y proseguida por la mayoría de sus discípulos” 3

La respuesta a la pregunta implica un recorrido por algunas citas de los “Tres ensayos” y otros textos freudianos de los que se destaca: el furor curandi, la estigmatización del homosexual como perverso, la constatación de la resistencia del homosexual a ser tratado, el uso del término inversión, la referencia a un desarrollo normal o anormal de la sexualidad, el olvido de la bisexualidad original a causa de una teoría del desarrollo orientada por el criterio de la normalidad de la heterosexualidad, el trato no igualitario entre las opciones heterosexual y homosexual.... Destaquemos sólo lo que más tarde se constituirá en centro de su rechazo a las explicaciones psicoanalíticas: mientras los textos freudianos mantienen la necesidad de explicar la psicogénesis de un caso de homosexualidad femenina, no ocurre los mismo con los sujetos heterosexuales. Eribon ve a Freud prisionero de las teorías psiquiátricas de Kraft-Ebing y sus intentos normativos, aunque le reconoce su interés por analizar y comprender dentro de un marco de preocupación humanista.

Después de Freud le toca el turno a Lacan en cuatro capítulos que se titulan “Homofobia de Jacques Lacan” 1 y 2 y “Para acabar con Lacan” 1 y 2.

En “Homofobia de Lacan” 1 D.Eribon se dirige al Seminario V para encontrar las razones que justifican dicho título y halla el argumento en una afirmación de Lacan: en el caso de la homosexualidad masculina es la madre la que dicta la ley al padre. Según su lectura “Todo el pensamiento de Lacan se organiza alrededor de esta estructura sexista y a su vez heterosexista” que no hace nada más que reiterar lugares comunes como que el homosexual siente miedo por la mujer y por ello rechaza la vagina. “Lacan, como la casi totalidad de los psicoanalistas, es incapaz de pensar la homosexualidad en tanto que orientación sexual, que tipo de deseo”. 4

En “Homofobia de Lacan” 2 se dirige al Seminario VIII para hacer notar que lo que caracteriza el discurso lacaniano en este texto es la voluntad de mantener la homosexualidad como una perversión. Si Lacan recurre a un texto platónico en que aparece el amor homosexual, es con la intención de servirse de él como simple medio para hablar del amor serio, del heterosexual. La excepción de la regla le permite aprehender la normalidad. Si Eribon ha oído decir que para Lacan todo deseo es perverso, tras recorrer algunos fragmentos del Seminario I sobre la pregnancia de lo imaginario en la perversión o el aniquilamiento del deseo del otro o del propio en dicha estructura, afirma que si todos somos iguales, parece que para Lacan algunos lo son más que otros.

“Para acabar con Lacan” 1 y 2 se dedican a mostrar como la homofobia de Lacan forma parte de un plan diseñado desde siempre en su obra y cuyas primeras pistas pueden ir ya a encontrase en “Los complejos familiares”: “Se trata de un verdadero programa político el que nos es presentado aquí, en el cual el psicoanálisis es llamado a jugar un papel determinante en la lucha contra esa nueva utopía social que tiene como nombre la emancipación de las mujeres y cuyo resultado es la inversión generalizada, es decir, el borramiento de la “polarización sexual” y de los roles que prescribe” 5. Del análisis lacaniano de las consecuencias del declive de la figura paterna, Eribon deduce que lo que Lacan se propone es restablecer el orden masculino y heterosexual. Que la función materna sea entendida como la de los cuidados y la paterna como la que encarna la Ley, aunque los padres de hoy ya no estén a la altura de lo que dichas funciones requieren, sólo significa que la función política del psicoanálisis consiste en asegurar la plena realización de la norma heterosexista. Ya se sabe que la función simbólica del padre se distingue del padre de la realidad y que constituye una casi trascendencia, pero ello sólo quiere decir que la Ley del padre es una versión estructuralista de las consideraciones políticas de la ideología de la Acción Francesa de los años treinta con la que Lacan simpatizó, como su propio yerno reconoce. ¡No podía faltar la referencia al yerno! Más aún: El Otro con la función paterna elevada a la categoría de ley precede siempre a la cultura y a la historia y ello provoca que toda utopía resulte inútil. Por eso Lacan se ríe de los revolucionarios de 68 y les dice que lo que buscan es un Amo.

Creo que lo expuesto hasta el momento con respecto al texto de Eribon nos permite ya discernir con bastante claridad en qué se basa su crítica al psicoanálisis y a su vez poder situar la posición del autor.

Por lo que a la crítica se refiere podría decirse que es sistemáticamente malintencionada, que va seleccionando citas y más citas de Freud o Lacan sacadas de contexto e hilvanadas por un hilo conductor previo que no es otro que el a priori de la concepción del psicoanálisis como una ideología normativista y conservadora basada en los principios de la dominación masculina y el orden heterosexista. La interrogación del inicio no es honesta, no corresponde a la de un verdadero análisis intelectual, sino que ha sido contestada de antemano a partir de concepciones previas. Eribon sólo va a los textos psicoanalíticos a buscar la confirmación de lo que ya sabe.

Pero más interesante que la constatación de ese apriorismo es preguntarse por su origen y por lo que le aleja irremediablemente del psicoanálisis y de su ética. Eribon no tiene más que una concepción del discurso, la del discurso político entendido como único y como discurso del Amo. No es Lacan quien reduce los discursos a uno como él le imputa, sino el propio autor de la denuncia antipsicoanalítica. Tanto en Reflexiones sobre la cuestión gay como en Une moral du minoritaire, el Nombre del Padre es entendido como el poder masculino absoluto del padre de la mítica horda primitiva en sus versiones sociales de la actualidad. Así es fácil reducirlo al dominio masculino y entender la “protesta viril” de las mujeres, de la que el psicoanálisis habla, como lo que todo feminismo se propone. Es curioso que alguien que se supone que habla desde la teoría de los discursos pueda confundir de una manera tan burda el orden simbólico con lo imaginario. ¿Por qué identificar el papel normativizador y regulador de la Ley con el ejercicio del poder política y socialmente entendido?

Eribon es la propia víctima de esa confusión querida y sostenida. Su estigmatización como principio y el orgullo como único recurso no le permiten salir de una posición que el mismo ha definido como “nominación”. Su propia noción de sujeto da cuenta de ello. Si nuestro sujeto es tanto el que está sujetado al discurso del Otro como el que puede cambiar su posición gracias a las variaciones del propio discurso, a las rotaciones de los cuatro elementos entre cuatro posiciones diferentes que permiten que quien es designado de una manera pueda encontrar otra forma de manejarse con ello, Eribon y su único discurso del Amo sólo puede dar la vuelta a las dos caras de la misma moneda, vergüenza-orgullo, como nombre inamovible del estigmatizado. Así las dos facetas de la Ley, prohibir por una parte y permitir el deseo por la otra, tampoco pueden realizarse y sólo aparece la faz de la exclusión. El discurso analítico podría hacer algo por él si estuviera dispuesto a consentirlo. Tal como le dijo Freud a la madre del homosexual americano, no se trataría de curarlo de su homosexualidad, sino de permitirle ir en la dirección de su deseo. Pero para ello se precisaría que Eribon superase sus resquemores para con el psicoanálisis. En su colérica crítica Jacques-Alain Miller tampoco se salva de la quema, pues su intento de llevar al campo de la reflexión del psicoanálisis las cuestiones candentes de la actualidad, como por ejemplo el tema de los derechos civiles de los homosexuales, es visto de antemano como “la tarea de una “ciencia” que sólo querría conferir su significación a lo que pasa en la cultura actualmente” 6. Más discurso del Amo, pues.

Eribon ve en el psicoanálisis, siguiendo criterios de Foucault, “procesos de extorsión de la verdad.../... ¿Esta voluntad de verdad, esta “voluntad de saber” consistente en buscar el secreto oculto, en hacer decir lo que uno es exhumando lo que uno ha sido (en la situación familiar, en la relación con los padre), es algo más que un dispositivo normativo? Una y otra vez rechaza la posibilidad de querer saber sobre la historia subjetiva del homosexual. Rechaza algo tan precioso como el término elección subjetiva que Freud introdujo precisamente al hablar de la elección de objeto. Cuando en Reflexiones sobre la cuestión gay se refiere a la decisión de salir o no del armario habla de elección y la única concepción a la que sabe recurrir para explicar un proceso de elección es la sartriana. No debemos olvidar que Sartre trata la elección subjetiva como algo que se hace para toda la humanidad, como una elección de un modelo para el hombre y determinada por lo tanto por un criterio de universalidad de origen kantiano. Dicha elección se impone entonces como un imperativo. Ahí encontraríamos la contracara del orgullo.

Sólo cabe añadir un comentario. Ese orgullo difícilmente va a ser el del gay. El movimiento homosexual tomó ese término como alternativa a las injurias con las que se designaba a los homosexuales, queriendo hacer bandera de su opción y de su posibilidad de vivirla alegremente. Pues bien, si algo no es conseguido por D.Eribon en sus libros es esa alegría que sería la de la vía del deseo. Su rechazo a querer saber sobre su elección y sobre el goce que la “nominación” injuriosa le atribuye al convertirlo en objeto, como él mismo dice, le privan de dicha posibilidad. Esa es la consecuencia de rechazar el hecho de que hay una elección subjetiva en la base de la propia sexualidad y de atribuir los propios malestares ya sea a los azares de la biología o a las determinaciones del discurso social imperante. El sujeto se queda atrapado entre su goce y el superyo, el orgullo no le libera del malestar del injuriado.

Notes

1. D.Eribon: Reflexiones sobre la cuestión gay, Anagrama, Barcelona, 2001, pág. 29-30.
2. D.Eribon: Une moral du minoritaire, Fayard, Paris, 2001, pág. 292.
3. Ibidem, pág. 221.
4. Ibidem, pág. 241.
5. Ibidem,, pág. 262.
6. Ibidem, pág. 287.

Eduard Gadea

Didier Eribon: de la injuria al orgullo

NODVS II, abril de 2002

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